Amador Guerrero: el prócer que lideró sin caudillismo
Manuel Amador Guerrero fue una de las figuras líderes que condujeron a la separación de Panamá de Colombia el 3 de noviembre de 1903. Pero ¿sabemos realmente cómo se llevó a cabo el liderazgo de tan digno prócer de la independencia?
Manuel Amador Guerrero nació en Turbaco, Colombia, el 30 de junio de 1833. Fue médico de profesión y, para entender su liderazgo, hay que mirar más allá en la historia. A lo largo de los años anteriores a la gesta separatista, desempeñó diversos papeles políticos que le dieron capacidad de negociación y una visión de Estado. A comienzos del siglo XX, Panamá era un departamento de la República de Colombia, pero había mucho descontento entre los panameños: la distancia política y la escasa participación del pueblo panameño en el gobierno central colombiano; las dificultades económicas y comerciales, más los impuestos exorbitantes que beneficiaban económicamente al gobierno central; la inestabilidad política de Colombia, particularmente después de la guerra de los Mil Días (1899-1902); y la gota que derramó el vaso fue el fracaso del tratado Herrán-Hay, que habría permitido que Estados Unidos construyera el Canal de Panamá mediante un acuerdo con Colombia.
La separación fue el resultado de una combinación de aspiraciones autonomistas, intereses económicos y decisiones tomadas por panameños y extranjeros.
El liderazgo de Manuel Amador fue estratégico y organizado, y él fue uno de los principales líderes junto con José Agustín Arango. Su aporte consistió en contribuir a que diferentes sectores políticos (liberales y conservadores) dejaran sus diferencias para seguir un mismo objetivo: constituir una república independiente. Tenía no solo estrategia, sino también habilidad de persuasión. Una de las misiones más importantes de Manuel Amador fue viajar secretamente a Estados Unidos meses antes de la separación para buscar apoyo al proyecto separatista.
Ese viaje, entre septiembre y octubre de 1903, no fue un paseo triunfal. En Washington no obtuvo garantías formales y regresó con poco más que un plan y la promesa de que los buques estadounidenses impedirían el desembarco de tropas colombianas. Aun así, siguió adelante. Y cuando le propusieron una bandera calcada de la estadounidense, la nueva nación optó por una propia: la diseñó su hijo, Manuel Encarnación Amador, y la cosió su esposa, María Ossa de Amador. Hasta en ese detalle hubo una decisión de identidad.
Ese viaje revela también otra dimensión de su liderazgo, ya que comprendió y tuvo la humildad de aceptar que la voluntad de los panameños no bastaba para enfrentar el poderío que en su momento tenía Colombia. Cabe destacar que esa ayuda no venía de forma gratuita ni desinteresada por parte de Estados Unidos, pues detrás de esas conversaciones existían intereses geopolíticos y económicos estadounidenses.
La prueba de fuego llegó el 3 de noviembre. Ese día desembarcaron en Colón los generales Juan B. Tovar y Ramón G. Amaya para sofocar cualquier intento separatista. Amador convenció al general Esteban Huertas, jefe del batallón colombiano acantonado en la ciudad, de apoyar el movimiento. Esa misma tarde, Tovar y Amaya fueron arrestados y la separación se consumó prácticamente sin derramamiento de sangre. Pocas veces se ve con tanta claridad lo que significa liderar bajo presión: convencer a quien estaba llamado a detenerte.
Otro elemento importante fue su capacidad de trabajar con personas de distintos criterios y tendencias políticas; por lo tanto, podemos comprender que el liderazgo del señor Amador fue de carácter influyente y colectivo.
El liderazgo del Dr. Amador Guerrero no se limitó a la gesta separatista. Cuando asumió la primera presidencia de la República, el 20 de febrero de 1904, le tocó una tarea monumental: organizar un país que empezaba de cero, sumido en una crisis política y económica.
Le tocó poner en marcha la Constitución de 1904, crear los primeros ministerios, estructurar la administración pública y administrar las finanzas de la nueva república.
Estudiarlo sin idealizaciones también obliga a reconocer sus límites. Su gobierno nació atado al tratado Hay-Bunau-Varilla, que condicionó nuestra soberanía durante décadas, y la Constitución de 1904 incluyó un artículo, el 136, que permitía la intervención de Estados Unidos. Quizá fue el precio de asegurar una república recién nacida y frágil, pero también deja una lección: quien lidera de la mano de un aliado más poderoso debe saber hasta dónde ceder.
¿Qué enseñanzas podemos llevarnos del ejemplo de liderazgo de este importante prócer? Su determinación, ya que mantuvo su participación y la unión de su equipo incluso en los momentos de alta tensión, y su liderazgo colectivo, ya que coordinó esfuerzos con dirigentes de ambos partidos políticos.
En mi opinión, la historia del 3 de noviembre no debe reducirse a un gran líder, sino a un conjunto de líderes panameños y colombianos que, con un movimiento colectivo e incluso arriesgando su propia vida, nos llevaron a la gran república que hoy somos. A todos ellos, un gran gracias. Le dejo una pregunta para debatir con sus amigos en un café: ¿sigue vigente hoy la soberanía por la que lucharon nuestros próceres?
La autora es financista y economista.
