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Today — 5 June 2026pananoticias

Los libros de la buena memoria...

Hay canciones que uno escucha… y hay canciones que terminan acompañándolo a uno por años. Los libros de la buena memoria (1976), esa obra hermosa de la banda argentina Invisible, tiene justamente esa rara capacidad: mientras más pasa el tiempo, más parece crecer dentro de nosotros.

No necesita estridencias. No necesita gritar para quedarse. Su fuerza está en otro lugar: en la delicadeza. En esa manera tan poco común de sugerir emociones sin explicarlas del todo. Y quizá por eso sigue siendo una canción tan vigente. Porque en medio de un mundo acelerado, donde casi todo parece diseñado para consumirse rápido y olvidarse todavía más rápido, esta obra obliga a algo casi revolucionario hoy: detenerse. Escucharla con calma.

Luis Alberto Spinetta entendía algo que pareciera que hemos ido perdiendo con los años: la sensibilidad no es debilidad. Al contrario. En sus canciones había una profundidad que nunca se sentía pesada ni pretenciosa. Su poesía tenía algo humano, cercano, como si hablara desde un lugar muy íntimo que, de alguna manera, también nos pertenece a todos.

Uno escucha su voz en esta canción y no siente que está frente a un artista tratando de impresionar. Más bien parece alguien compartiendo una verdad pequeña, frágil y luminosa.

Y ahí aparece una de las ideas más hermosas del título: la buena memoria.

No hablo de la memoria que guarda contraseñas, fechas o archivos en un teléfono. Hablo de otra cosa. De esa memoria emocional que conserva aquello que todavía nos hace humanos: la capacidad de emocionarnos, de contemplar, de conmovernos con algo sencillo. La buena memoria sería entonces no olvidar lo esencial.

Tal vez por eso la canción se siente más cercana a ciertas obras de la poesía o del cine contemplativo que a la lógica habitual de la música comercial. Hay algo en ella que recuerda a esos poemas donde no todo necesita explicarse para ser profundamente verdadero. Como ocurre con algunos versos de Borges o con ciertas imágenes del simbolismo francés, Spinetta construye sensaciones más que certezas.

Incluso musicalmente hay algo impresionista en su forma de componer. Así como Claude Monet pintaba la luz antes que el objeto, Spinetta parece cantar la emoción antes que la historia. Uno no sale de “Los libros de la buena memoria” recordando una trama concreta; sale recordando un clima, una sensación difícil de nombrar.

Y esa quizás sea una de las mayores virtudes del arte verdadero: lograr que algo permanezca aun cuando no podamos explicarlo del todo.

También hay en la canción una sensibilidad cercana al cine de autores como Andrei Tarkovsky, donde el silencio, el tiempo y la contemplación tienen más importancia que la acción frenética. En ambos casos, la obra no busca distraernos del mundo, sino devolvértelo con otra profundidad.

Porque algo nos está pasando como sociedad. Vivimos rodeados de pantallas, ruido, ansiedad y velocidad. Todo exige atención inmediata. Todo quiere una reacción rápida. Y en medio de tanta hiperconexión, pareciera que lentamente nos vamos desconectando de nosotros mismos. Tenemos información de sobra, pero cada vez menos silencio. Más estímulos, pero menos asombro.

Por eso canciones como esta terminan convirtiéndose en refugios.

No es casualidad que Gustavo Cerati también la haya abrazado años después. Su interpretación no se siente como un homenaje distante, sino como la continuación natural de una sensibilidad parecida. Cerati entendía, igual que Spinetta, que algunas canciones no son simplemente música: son espacios emocionales donde uno puede entrar a respirar distinto.

Y hay otro detalle que siempre me parece importante. En una cultura donde durante mucho tiempo se confundió masculinidad con dureza, Spinetta se atrevió a defender algo mucho más complejo y valiente: la ternura. La sensibilidad. La delicadeza. Nunca necesitó disfrazarse de cinismo para transmitir profundidad.

Tal vez por eso su obra sigue tocando nuevas generaciones. Los libros de la buena memoria no fue hecha para sonar fuerte un verano y desaparecer al siguiente. Fue hecha para quedarse. Como esos libros viejos que uno vuelve a abrir después de muchos años y todavía conservan algo intacto entre las páginas.

En tiempos donde el cansancio emocional parece volverse costumbre, recuperar la buena memoria se vuelve casi un acto de resistencia personal. No endurecerse del todo. No perder la capacidad de sentir belleza en las pequeñas cosas. No olvidar quiénes somos debajo de tanto ruido.

Escuchar esta canción hoy no es solamente volver a un clásico del rock argentino. Es, quizás, darse permiso para recuperar una parte de uno mismo que todavía sigue esperando en silencio.

El autor es doctor en Educación, licenciado en Periodismo y magíster en derecho.

©

Luis Alberto Spinetta, considerado el padre del ‘rock’ en Argentina. Archivo
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