El maldito idioma: Trump, el neo-monroísmo y la nueva disputa por América Latina
En política internacional, las palabras nunca son simples instrumentos de comunicación. Son, con frecuencia, expresiones de poder. Las frases de los líderes condensan visiones estratégicas, jerarquías implícitas y proyectos geopolíticos. Por ello, la frase pronunciada por el presidente de Estados Unidos, Donald Trump —“No voy a aprender su maldito idioma”— debe interpretarse más allá de la provocación retórica que caracteriza su estilo político.
Leída en clave geopolítica, la afirmación revela una lógica histórica profundamente arraigada en las relaciones entre Estados Unidos y América Latina: la idea de que el centro del poder no necesita adaptarse; son los demás quienes deben hacerlo.
El idioma, en la historia de las relaciones internacionales, nunca ha sido neutral. Las grandes potencias han proyectado su influencia no solo mediante su poder militar o económico, sino también a través de su lengua, su cultura y su capacidad de definir las reglas del sistema internacional. Durante siglos, el francés fue el idioma de la diplomacia europea. Hoy el inglés cumple una función similar dentro del orden global contemporáneo.
Sin embargo, el significado político de la frase de Trump adquiere mayor profundidad si se analiza dentro de la tradición estratégica que ha guiado la política hemisférica estadounidense desde el siglo XIX.
En 1823, el presidente James Monroe (1758-1831) proclamó la histórica Doctrina Monroe, concebida originalmente como una advertencia a las potencias europeas para que se abstuvieran de intervenir en el continente americano. Con el tiempo, aquella doctrina evolucionó hacia algo más complejo: la afirmación de que el hemisferio occidental constituía una esfera estratégica de influencia estadounidense.
A comienzos del siglo XX, el presidente Theodore Roosevelt (1858-1919) reforzó esa lógica mediante el llamado Corolario Roosevelt, que legitimaba la intervención de Estados Unidos en América Latina bajo el argumento de preservar la estabilidad regional. Aquella política, conocida popularmente como la del “gran garrote”, dejó una huella profunda en la memoria histórica del continente.
Hoy el contexto internacional es distinto, pero ciertas lógicas geopolíticas parecen reaparecer bajo nuevas formas. En un mundo cada vez más competitivo, Washington observa con creciente preocupación la expansión económica, tecnológica y diplomática de China en América Latina, así como la proyección estratégica de Rusia en diferentes regiones del sistema internacional.
En este escenario, diversos analistas hablan del retorno de un neo-monroísmo: una reactivación de la idea de que el hemisferio occidental constituye un espacio estratégico prioritario para los intereses de Estados Unidos. No se trata necesariamente de reproducir las intervenciones militares del pasado, sino de reconstruir una arquitectura hemisférica de alianzas políticas, económicas y de seguridad que preserve la primacía estadounidense frente a actores extrarregionales.
Dentro de esa lógica, América Latina vuelve a adquirir una importancia geopolítica que muchos creían superada tras el fin de la Guerra Fría.
En ese nuevo escenario, Panamá ocupa una posición particularmente significativa. Su ubicación geográfica, su papel como centro logístico global y la importancia estratégica del canal interoceánico convierten al país en una pieza clave dentro de cualquier diseño hemisférico de poder.
El istmo ha sido históricamente un punto de encuentro —y también de tensión— entre intereses globales. Por ello, las transformaciones actuales del sistema internacional inevitablemente proyectan sus efectos sobre la política panameña.
La frase de Trump, en este contexto, no es solo un comentario sobre el idioma español. Es una señal simbólica de una visión del poder: una concepción del hemisferio en la que una potencia habla y las demás escuchan.
Sin embargo, la historia latinoamericana también demuestra que las relaciones internacionales nunca son estáticas. Las sociedades cambian, los equilibrios de poder se transforman y las regiones redefinen su lugar en el mundo.
La cuestión de fondo, entonces, no es si América Latina aprenderá el idioma del poder, sino si será capaz de construir su propia voz política en el sistema internacional.
Power speaks loudly. Nations decide whether to obey—or to answer.
El autor es especialista en ciencias sociales.














