¿El hemisferio en el hoyo 19?
En los salones del Trump National Doral, el pasado 7 de marzo de 2026, el “arte de la negociación” del señor Trump se transformó en una exhibición de grosería geopolítica. Fue una puesta en escena que puso a prueba no solo la diplomacia, sino la médula misma de la dignidad nacional de Panamá y de toda una región que parece haber sido citada a rendir cuentas en un feudo privado.
El escenario no fue una sede neutral o gubernamental; fue el club de golf privado del mandatario estadounidense en Florida. Este detalle le dio al encuentro un sabor agridulce de posesión: los invitados seleccionados fueron convocados a la mesa de quien confunde la política exterior con su portafolio de inversiones personales.
En la jerga del golf, el “hoyo 19” es donde se cierran los verdaderos tratos, lejos del escrutinio público y bajo las reglas del club. Allí, la soberanía de los Estados se diluye frente al derecho de propiedad del anfitrión. Mientras el señor Trump se jactaba ante las cámaras de que el Canal de Panamá fue “el mejor negocio de la historia” —obtenido, según su visión distorsionada, por el pago de un dólar—, la reacción del presidente José Raúl Mulino fue el retrato vivo de una asimetría desoladora.
Las lentes de la prensa captaron a un mandatario limitado a una sonrisa de protocolo, rígida y contenida; la actitud de un invitado que, atrapado en la cortesía del banquete privado, asiente ante la prepotencia del dueño de casa. El silencio ante el chiste del “negocio de un dólar”, proferido en el corazón del feudo del señor Trump, pesó más que cualquier proclama posterior sobre soberanía.
Para Panamá, la vía interoceánica no es un activo en remate, sino la expresión máxima de una soberanía conquistada con sangre y décadas de lucha estratégica. Los Tratados Torrijos-Carter y el Tratado de Neutralidad Permanente del Canal de Panamá no son meros papeles; son instrumentos de derecho internacional que forman parte de nuestro orden jurídico interno. Su legitimidad es insultada cuando se sugiere que nuestra soberanía fue un error contable o un mal negocio.
Para entender la magnitud de lo ocurrido en Florida, es imperativo trazar un parangón histórico. En 1826, hace ya dos siglos, Simón Bolívar (1783-1830) convocaba el Congreso Anfictiónico de Panamá para pensar el mundo desde la dignidad de naciones libres. Mientras Bolívar nos veía como el “centro del universo”, el foro del Doral parece reducir a la región entera a una escala de servidumbre, donde se nos recuerda que somos una concesión que nunca debió expirar.
Esta degradación se acentúa en la lista de invitados. El foro “Escudo de las Américas” no fue una cumbre hemisférica, sino un cónclave selectivo. La exclusión deliberada de democracias clave como México, Brasil, Colombia, Uruguay y Guatemala revela que no se buscaba la unidad, sino un bloque de lealtades personales. Al dejar fuera a los gigantes de la región, el mensaje fue claro: en el club del señor Trump, solo son bienvenidos quienes validen su visión transaccional.
Esta “tercerización” de la soberanía se traduce en peligros tangibles. Al pactar una estrategia de “tolerancia cero” y un intercambio de inteligencia con agencias como la CIA y el FBI, el gobierno del presidente Mulino camina sobre el filo de una contradicción jurídica: la República de Panamá no tendrá ejército, por mandato constitucional (artículo 310).
¿Cómo puede un país desmilitarizado participar en un “escudo” de combate sin desnaturalizar a su Fuerza Pública? El riesgo es que el Senafront y el Senan terminen como apéndices operativos de una estrategia externa comandada desde Florida.
Esta entrega se manifiesta con crudeza en el Tapón del Darién, donde Panamá ha aceptado ser el muro que el señor Trump no pudo terminar en su frontera norte, asumiendo el costo social de una crisis continental para satisfacer a un anfitrión que solo ve perímetros.
La lucha contra el narcotráfico sigue la misma senda: una dependencia donde las decisiones se dictan desde fuera, supeditando nuestra seguridad a agendas geopolíticas ajenas. Este compromiso resulta particularmente sensible frente al Tratado de Neutralidad Permanente del Canal de Panamá.
La soberanía no se guarda en una vitrina; se ejerce con firmeza ante cada interlocutor. El encuentro en el campo de golf del señor Trump fue un recordatorio de que su hospitalidad nunca es gratuita. El presidente Mulino regresó con acuerdos que profundizan una tendencia a militarizar de facto nuestra seguridad e ignoran nuestra mayor fuerza: la autoridad moral de nuestra neutralidad.
Panamá no es una propiedad en remate ni un eslabón subordinado. Permitir que el impulso posesivo del señor Trump dicte nuestras políticas es olvidar que la dignidad nacional no tiene precio. Es hora de entender que se puede ser aliado sin ser súbdito; la verdadera defensa del Canal comienza por el respeto a la Constitución de una nación que dejó de ser colonia para ser, de una vez por todas, dueña de su propio destino.
El autor es doctor en derecho, abogado y docente universitario.













